GLADIUS  (44)
ISSN-L: 0436-029X, eISSN: 1988-4168
https://doi.org/10.3989/gladius.2024.390

Los grandes asedios en el conflicto sucesorio castellanoleonés: los casos de Toledo en 1354 y 1368-9

The great sieges in the Castilian-Leonese succession conflict: the cases of Toledo in 1354 and 1368-9

 

1. INTRODUCCIÓN

 

El conflicto sucesorio castellanoleonés fue, desde el punto de vista militar, un episodio bélico donde se puso en práctica el más rico y variado conjunto de tácticas de expugnación y defensa que hasta el momento se habían visto en territorio peninsular. En principio, este enfrentamiento político-militar no fue muy distinto del paradigma de la guerra medieval tal y como se había conocido hasta entonces (García Fitz, 2019García Fitz, F. (2019): «Usos de la guerra y organización militar en el siglo XIV». Memoria y Civilización, 22: 117-142. 10.15581/001.22.027), donde las principales acciones bélicas consistían, más allá de las ocasionales batallas campales, en las cabalgadas en profundidad sobre tierras enemigas y en el asedio a distintos puntos fuertes, sean castillos, ciudades o villas amuralladas. Lo que sí comienza a apreciarse será una práctica común de las formas bélicas bajomedievales, como será la lucha urbana (Etxeberria Gallastegi, 2023Etxebarria Gallastegi, E. (2023): Fazer la Guerra. Estrategia y táctica militar en la Castilla del siglo XV. Madrid, CSIC.), que cobra gran importancia en varios episodios de este conflicto. Además, en los años finales de la contienda, se producirá un desarrollo de todo un conjunto de estrategias y recursos que llevarán a ambos bandos al límite de sus posibilidades, tanto en hombres como en intendencia, agotando recursos, realizando labores de rapiña y tierra quemada, y concentrando miles de combatientes y máquinas de asedio en las principales plazas objeto de disputa.

Este suceso histórico, hasta la fecha, ha sido tratado por diversos especialistas que se han centrado fundamentalmente en sus implicaciones políticas y socioeconómicas, tales como los orígenes del conflicto sucesorio, la sociedad política, el papel de la nobleza, la diplomacia y la internacionalización de la disputa, la afección a la comunidad judía o las consecuencias finales con el cambio sucesorio y las famosas mercedes enriqueñas, entre otros. Destacan los ya clásicos trabajos de Valdeón (2002Valdeón Baruque, J. (2002): Pedro I El Cruel y Enrique de Trastámara, ¿la primera guerra civil española? Madrid, Aguilar.), Diaz Martín (2007Díaz Martín, L. V. (2007): Pedro I el Cruel (1350-1369). Gijón, Trea.) o González Jiménez (2006González Jiménez, M. (2006): Pedro I y Sevilla. Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla.). Más recientemente, Valdaliso (2016Valdaliso Casanova, C. (2016): Pedro I de Castilla. Madrid, Sílex.) ha profundizado en este periodo a través del análisis de las crónicas, en especial la del Canciller Ayala. Una reciente puesta al día sobre la cuestión la tenemos publicada en la revista Memoria y Civilización, en su número correspondiente a 2019, donde se recogieron gran parte de las aportaciones del Coloquio Internacional Pedro I y la batalla de Montiel (1369-2019) organizado por la Universidad de Castilla-La Mancha en la localidad de Montiel (Ciudad Real) en el año 20191Edición en abierto en https://revistas.unav.edu/index.php/myc/issue/view/1276..

Mientras existe una profusión de textos científicos para este periodo desde diversos puntos de vista, en especial de la historia política, no lo ha sido así desde el análisis puramente militar del conflicto y, mucho menos, desde trabajos que tuvieran en cuenta la materialidad de estos hechos. Son de cita obligada las valiosas publicaciones sobre la guerra en el siglo XIV de los profesores García Fitz (2019García Fitz, F. (2019): «Usos de la guerra y organización militar en el siglo XIV». Memoria y Civilización, 22: 117-142. 10.15581/001.22.027), Ladero Quesada (2010Ladero Quesada, M. A. (2010): «La Baja Edad Media», M. A.Ladero Quesada (Coord.), Historia Militar de España dirigida por Hugo O’Donnell. Vol. 2. Edad Media. Madrid, Ministerio de Defensa, Laberinto: 217-377.) y Arias Guillén (2018Arias Guillén, F. (2018): «Castile-Leon: Late Middle Ages (14th to 15th centuries)», J.Gouveia Monteiro y F.García Fitz (coord.), War in the Iberian Peninsula, 700-1600. Nueva York y Londres, Routledge: 94-123.), así como algunos acercamientos a escenarios y tácticas concretas, como el realizado por Palacios Ontalva (2016Palacios Ontalva, J. S. (2016): «La guerra de asedio en el contexto de la batalla del Estrecho. Claves tácticas y arquitectura militar», C. deAyala Martínez y J. S.Palacios Ontalva (eds.), Guerra santa y cruzada en el estrecho: el occidente peninsular en la primera mitad del siglo XIV. Madrid, Sílex: 181-222.) en relación con los asedios en la Guerra del Estrecho, o los interesantes estudios de Rodríguez García (2016Rodríguez García, J. M. (2016): «Hombres de religión y servicios de información, siglos XIII-XIV», C. deAyala Martínez y J. S.Palacios Ontalva, Hombres de religión y guerra: cruzada y guerra santa en la Edad Media peninsular. Madrid, Sílex: 495-511.) o González (2008González Paz, C. A. (2008): «The role of mercenary troops in Spain in the fourteenth century: the Civil War», J.France (ed.), Mercenaries and Paid Men. The Mercenary Identity in the Middle Ages. Leiden, Brill: 331-343.) sobre la participación de mercenarios. En el caso de la corona de Aragón y la llamada guerra de los Dos Pedros, es de destacar los recientes trabajos de Lafuente Gómez (2014Lafuente Gómez, M. (2014): Un reino en armas. La Guerra de los Dos Pedros en Aragón (1356-1366). Zaragoza, Institución Fernando el Católico.), así como Sanahuja Ferrer (2017Sanahuja Ferrer, P. (2017): «Con el hambre a las puertas. El abastecimiento de Valencia durante la Guerra de los Dos Pedros (1356-1366)». Medievalismo: Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales, 27: pp. 327-351. 10.6018/medievalismo.27.310691) para el caso valenciano. Para el ámbito portugués, reino que estuvo involucrado en la guerra a lo largo de las distintas fases, son de referencia las obras de Gouveia y Gomes (2016Gouveia Monteiro, J. y Gomes Martins, M. (2010): As cicatrizes da Guerra no Espaço Fronteiriço Português (1250-1450). Coimbra, Palimage Editores.).

Desde el punto de vista del estudio del conflicto que analizamos en este texto, así como de otros hechos de armas del periodo medieval, nuestro equipo viene trabajando en los últimos años desde una perspectiva eminentemente arqueológica, sin olvidar como es lógico la información procedente de las fuentes cronísticas y documentales (Molero García y Gallego Valle, 2021Molero García, J. M. y Gallego Valle, D. (2021): «Reconstrucción de la materialidad de la batalla y asedio de Montiel de 1369», M.Alvira Cabrer (ed.), De fusta e de fierro. Armamento medieval cristiano en la Península Ibérica (siglos XI-XVI). Madrid, La Ergástula, 133-150.). El uso combinado de fuentes y la aplicación del método arqueológico en toda su extensión (prospección intensiva de superficie, de subsuelo, teledetección, excavación, estratigrafía muraria, etc.) están ofreciendo una nueva visión de estos hechos de armas, recuperando un patrimonio que se creía perdido, ofreciendo una valoración y un contraste con las informaciones cronísticas tradicionales. En el caso concreto de este escenario bélico, nuestro equipo se ha centrado fundamentalmente en el estudio de la batalla y asedio de Montiel de 1369, con proyectos de investigación específicos financiados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en convocatorias públicas competitivas desde 2018 hasta el presente2Hasta la fecha se han llevado a cabo tres campañas arqueológicas amparadas por otros tantos proyectos que llevan por título: Proyecto de Investigación Arqueología de la batalla de Montiel: Excavación, prospección y estudio poliorcético en el castillo de La Estrella y su entorno. Dichas intervenciones, dirigidas por Jesús Molero, David Gallego y Cristina Peña, se han realizado en el marco institucional de la Universidad de Castilla-La Mancha y han sido financiadas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, en colaboración con el Ayuntamiento de Montiel, la Fundación Castillo de La Estrella de Montiel, el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Universidad de Castilla-La Mancha. Algún avance de estas investigaciones ha sido ya publicado por nuestra parte, y el presente estudio, forma también parte de esta misma línea de trabajo, cuyo método hemos aplicado también a otros escenarios, caso de la batalla de Aljubarrota (1385) o más recientemente la batalla de Uclés (1108) y el asedio de Salvatierra (1211).

Entrando propiamente en el estudio de este conflicto debemos dividir el mismo, como propuso en su día el profesor Valdeón Baruque (2002Valdeón Baruque, J. (2002): Pedro I El Cruel y Enrique de Trastámara, ¿la primera guerra civil española? Madrid, Aguilar.: 14-15), en tres grandes periodos cronológicos, con diversas fases, que creemos conveniente mantener para hilar el tema que nos ocupa. El primero iría desde el año 1350 hasta 1356, etapa en la que se producen las primeras rebeliones nobiliarias contra el monarca y en la que se suceden diversos cercos, de proporciones variables, como es el caso del asedio de Segura de La Sierra (1354), el de Toledo (1355) o el de Toro (1355). El segundo momento se encuadra entre los años 1356 y 1366, en la denominada guerra de los Dos Pedros, fase en que las coronas aragonesa y castellana dirimirán sus diferencias, con una importante participación de la nobleza rebelde contraria a Pedro I, llevándose a cabo todo un conjunto de episodios bélicos, tanto marítimos como terrestres, en los que la guerra de asedio tuvo un papel fundamental3Muy interesantes son los cercos de Calatayud o Tarazona, pero también aquellos que contaron con apoyo marítimo como el que se dio para la toma de la villa de Guardamar de Segura.. Finalmente, el periodo que se considera como la Guerra Civil Castellana propiamente dicha por la historiografía tradicional (Valdeón Baruque, 2012Valdeón Baruque, J. (2002): Pedro I El Cruel y Enrique de Trastámara, ¿la primera guerra civil española? Madrid, Aguilar.: 14), entre 1366 y 1369, cuando tras la contundente victoria petrista en la batalla de Nájera (1367) y la defección subsiguiente del Príncipe Negro, la balanza se vuelca definitivamente a favor del bando trastámara que, conquista tras conquista, consigue finalmente vencer a Pedro I en la batalla de Montiel y tras el correspondiente asedio de su villa y fortaleza, se acaba con el regicidio perpetrado a los pies del castillo de La Estrella (23 de marzo de 1369).

Como acabamos de poner de manifiesto, en el conflicto que estamos analizando se dieron numerosos cercos de gran relevancia. Muchos de ellos podrían habernos servido para ilustrar las operaciones de asedio de este momento (Burgos, Zamora, Segura de la Sierra, etc.), acciones que se convirtieron en fundamentales por el control del territorio en esta lucha fratricida. Bien es verdad que tanto por la importancia de la plaza como por los movimientos que se dieron en ambos ejércitos, cobraron un cariz muy relevante los dos grandes episodios bélicos que se vivieron por el control de la ciudad de Toledo. El primero de ellos, corto en el tiempo, pero muy virulento y espectacular, fue el que se produjo en 1355 con el asalto petrista a la ciudad. El segundo, que se extendió entre 1368 y 1369, fue el asedio más complejo que se dio en todo el conflicto, lo que llevó a ambos bandos, prácticamente, hasta el agotamiento de sus recursos, lo que precipitaría sin duda el enfrentamiento decisivo de Montiel.

A lo largo de este trabajo queremos centrarnos en el estudio de estas dos grandes acciones bélicas que se dieron en la ciudad del Tajo. Para ello nos valdremos tanto de la información contenida en las crónicas, en especial la del canciller de Ayala (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.)4Aunque conocemos y hemos trabajado con otras versiones de la crónica del canciller, tanto la de Martín (1991) como la de Orduna (1994) hemos preferido utilizar la versión de 1779 ya que contiene ciertos detalles y apéndices que para la materialidad del conflicto son muy interesantes., como de los datos obtenidos en el trabajo de campo, donde hemos analizado, desde el punto de vista material, los diversos escenarios de ambos episodios. Esto nos ha permitido comprender cómo se pudieron desarrollar tanto las acciones en la ciudad como los movimientos que se dieron en torno a la misma, algunos de ellos de vital importancia para el desenlace inmediato. En este sentido, dedicaremos un primer capítulo a estudiar cómo era la morfología de la ciudad de Toledo a mediados del siglo XIV, especialmente sus defensas, para posteriormente centrarnos en el análisis de los hechos de armas propiamente dichos (Fig. 1)

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Figura 1 Plano actual de Toledo con la localización de los principales escenarios bélicos que se citan en el texto Fuente: autores

2. TOLEDO Y SUS DEFENSAS A MEDIADOS DEL SIGLO XIV

 

La ciudad de Toledo, desde los primeros momentos de su historia, ha contado con una posición geoestratégica de primer orden, fruto de su emplazamiento sobre un prominente peñón rocoso prácticamente inexpugnable que se asoma sobre una profunda hoz del río Tajo. La urbe contó en el periodo que nos ocupa en este estudio con un espacio cercado de prácticamente 115 hectáreas (Carrobles Santos, 2004Carrobles Santos, J. (2004): «Los muros de Toledo». Monumentos Restaurados. La muralla de Toledo. Madrid, Fundación Caja Madrid: 9-46.), donde sobre el sustrato de obras realizadas en época romano-visigodas (Rubio Rivera y Tsiolis Karantasi, 2004Rubio Rivera, R. y Tsiolis Karantasi, V. (2004): «El primer recinto amurallado de Toledo», Monumentos Restaurados. La muralla de Toledo. Madrid, Fundación Caja Madrid: 225-250.), hoy muy perdidas, se fueron realizando ampliaciones en el periodo andalusí y tras la conquista cristiana.

No es nuestra intención detenernos en el estudio pormenorizado de la morfología del recinto medieval urbano de Toledo5Sobre este tema nuestro equipo realizó un amplio estudio dentro de los trabajos para la restauración de la muralla toledana financiados por el Instituto del Patrimonio Histórico Cultura de España, que se encuentran incluidos en los informes correspondientes depositados en dicha institución., aspecto este que excedería con creces los límites y objetivos de nuestro trabajo. No obstante, como han propuesto algunos autores como Carrobles Santos (2010Carrobles Santos, J. (2010): Fortificaciones de Toledo. Las corachas del Alficén. Toledo, D. B. Ediciones.: 164-165) y hemos podido comprobar en los estudios de paramentos de la muralla, los efectos de la pugna por la ciudad en el contexto del conflicto sucesorio, en especial en el asedio final de 1368-69, supuso un antes y después para sus defensas. La destrucción de gran parte de lienzos, torres y otras infraestructuras conllevó, en los primeros años de monarquía trastámara, la necesidad de acometer grandes obras para su reparación y transformación. Son por ejemplo las promovidas por el arzobispo Pedro Tenorio, que llevó a cabo un amplio programa de refortificación de la ciudad, implementando algunas innovaciones en torres defensivas, especialmente para adaptarlas a la artillería de torsión, así como propiciando la reconstrucción del puente de San Martín. De idéntica forma el propio rey Enrique II promovió un importante programa de obras en el alcázar de la ciudad, trabajos que se continuarían con sus sucesores (Zozaya Stabel-Hansen et alii, 2005Zozaya Stabel-Hansen, J.; Rojas Malo, J. M. y Villa González, J. R. (2005): «El Alcázar medieval de Toledo». Espacios fortificados de la provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 199-230.).

Las defensas de Toledo, antes de las citadas reformas y atendiendo a la documentación generada durante el propio conflicto, debían estar ciertamente obsoletas para las innovaciones poliorcéticas que se estaban introduciendo en ese momento. Según describen los propios toledanos a Enrique de Trastámara en las cortes celebradas en 1367 en Burgos, las murallas urbanas se encontraban en un estado muy preocupante de conservación, por lo que el autoproclamado monarca decidió otorgar una serie de mercedes para su reparación:

…mandásemos que pagasen a Toledo los maravedís que le oviesen a dar de las dichas rrentas et cosechas o en otra manera qual quier porque Toledo se podiesse acorrer de los dichos maravedís para labrar los muros de Toledo que estan mucho desrreparados et otrosy para las otras cosas que fuesen mester para nuestro servisçio6Año de 1367, Burgos. Documento publicado en Izquierdo Benito, 1990: 186-187, doc. 86..

A pesar de todas las vicisitudes de las que venimos hablando, el sistema defensivo toledano seguía siendo un escollo fundamental para cualquier atacante que intentara la conquista de la ciudad, especialmente por sus defensas naturales. Este contaba con un amplio recinto murado que rodeaba toda la meseta superior, así como un sector bajo, en el costado septentrional, para cobijar los arrabales que habían ido creciendo desde época andalusí. En la zona superior se localizaba, coronándola, el imponente alcázar, cuya morfología en este momento es difícil de entender más allá de los datos fragmentarios que se han ido obteniendo en las diversas excavaciones en el mismo (Zozaya Stabel-Hansen et alii, 2005Zozaya Stabel-Hansen, J.; Rojas Malo, J. M. y Villa González, J. R. (2005): «El Alcázar medieval de Toledo». Espacios fortificados de la provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 199-230.: 204). Los principales puntos de entrada a la urbe, que analizaremos más extensamente a continuación, estaban relacionados con las propias vías de comunicación que llegaban a la ciudad del Tajo: el paso por el puente de Alcántara, el del puente de San Martín y los accesos situados en el área septentrional, en la zona de la Vega.

El costado este de la ciudad era, posiblemente, el flanco fortificado más potente de todo el complejo. Se trataba del punto de entrada de la principal vía de comunicación del momento, el camino de Córdoba a Toledo que venía de Villa Real cruzando los Montes de Toledo por el puerto de Guadalerzas. En este espacio se acumulaban una serie de defensas como era el antiguo castillo de San Servando, que cubría el paso al puente de Alcántara, defendido a su vez por dos torres, una en cada flanco, lo que hacía muy difícil salvar este escollo. A continuación, la puerta de Alcántara era en sí misma una pequeña fortaleza con un complejo acceso en recodo bien flanqueado. En el frente oeste del paso, ya dentro de la propia meseta donde se asienta la ciudad, corría un potente tramo de murallas7En este tramo hemos realizado recientemente excavaciones arqueológicas y estudios de paramentos en el contexto de una intervención promovida por el Instituto de Patrimonio Histórico de España para la conservación de la muralla., la mayor parte de ellas de origen andalusí, pero con reformas cristianas posteriores, en la que se abrían varios puntos de acceso a la ciudad, algunos de ellos vitales para la conexión con el Alcázar o la entrada a los arrabales septentrionales.

Sobre el puente de Alcántara y relacionado con las defensas de esta área, se ubicaba el antiguo alcázar del que, como mencionamos anteriormente, son pocos los datos que tenemos de su fisonomía en este momento. A grandes rasgos debía tener, aún, una planta similar al de época andalusí, aunque los reyes cristianos, especialmente Alfonso VI y Alfonso VIII habían realizado ciertas reformas de calado en el mismo (Zozaya Stabel-Hansen et alii, 2005Zozaya Stabel-Hansen, J.; Rojas Malo, J. M. y Villa González, J. R. (2005): «El Alcázar medieval de Toledo». Espacios fortificados de la provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 199-230.: 216-227), creando una estructura imponente para repeler ataques externos, pero también, como veremos más adelante, desde el interior de la ciudad. Este gran edificio contaba además con una serie de barreras bajas, así como sendas corachas defensivas como eran la de Doce Cantos y la del Alficén (Carrobles Santos, 2010Carrobles Santos, J. (2010): Fortificaciones de Toledo. Las corachas del Alficén. Toledo, D. B. Ediciones.: 11).

En el costado contrario, al oeste, existía otro nudo fundamental de acceso a la ciudad como era el del puente de San Martín. Este punto estaba asociado a las comunicaciones hacia Talavera y Extremadura, además de servir de conexión para el paso desde tierras toledanas hacia Ávila. Al igual que el caso de Alcántara, existía en este sector una acumulación de defensas poco común, como era el propio puente, que había sustituido al antiguo puente de barcas localizado junto a la torre de la Cava (Malana Ureña, 1990Malalana Ureña, A. (1990): «Puentes-fortaleza en el Tajo. El tramo Zorita de los Canes (Guadalajara)-Castros (Cáceres)». Boletín de Arqueología Medieval, 4: 195-222.), con una gran torre defensiva en su extremo occidental. En el frente de la ciudad corría un gran tramo de muralla, e intramuros de la misma se localizaba otra potente defensa urbana conocida como «el castillo de los judíos», junto a la que se había desarrollado la judería toledana8Remitimos al trabajo ya clásico de Julio Porres Martín-Cleto (1983). Más recientemente: Passini (2014) e Izquierdo Benito (2020)., esta última también cercada, de la que en 2014 se pudo documentar parte de sus vestigios materiales por parte del equipo arqueológico del Ayuntamiento de Toledo9Agradecemos la información sobre este hallazgo a Antonio Gómez, Juan Ángel Ruiz y Tania Obregón. y que hemos podido reconstruir virtualmente como veremos más adelante.

Finalmente, en el área septentrional se desplegaba una fuerte muralla que debía guarnecer la ciudad y sus arrabales en un punto donde no existía la defensa natural del Tajo, en un área de vega que había tenido una intensa ocupación desde la Antigüedad hasta la Edad Media (Gallego García, 2009). En este tramo corría la propia muralla urbana desde la puerta del Cambrón, junto a la que se encontraba, muy próxima, la torre de los Abades, hasta dar a la puerta de Bisagra o de Alfonso VI y más abajo, la puerta del Vado. Esta última se abría, en la cerca baja o de los arrabales, contando con unas defensas de cierta entidad levantadas, en su mayor parte, en época andalusí, pero que habían sido ampliadas notablemente a principios del siglo XII, en tiempos de Alfonso VI, si atendemos a la famosa referencia sobre este hecho recogida en los Anales Toledanos: «… mando facer el muro de Toledo desde la Taxada que va al río en derecho de San Esteban» (Porres Martín-Cleto, 1993Porres Martín-Cleto, J. (1983): «Algunas precisiones sobre las juderías toledanas». Anales Toledanos, 16: 37-61.: 75).

3. LA DISPUTA POR TOLEDO Y EL ASALTO AL PUENTE DE SAN MARTÍN (1355)

 

Este primer gran hecho de armas se enmarca en la revuelta nobiliaria que se había iniciado en la primavera de 1354 (Valdeón Baruque, 2002Valdeón Baruque, J. (2002): Pedro I El Cruel y Enrique de Trastámara, ¿la primera guerra civil española? Madrid, Aguilar.: 68), tras levantarse una gran parte de los linajes contra el monarca y poniendo en serios aprietos, a partir de ese momento, a Pedro I. Las acciones bélicas se iniciaron en la zona central de la península, consiguiendo los sublevados notables victorias y sumando a su causa importantes ciudades como fueron Toledo, Cuenca y Talavera, en la que hizo su entrada el maestre de Santiago y hermanastro del rey, Fadrique de Castilla, en este mismo año (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.).

Poco después, en el mes de enero del año 1355, el legado del Papa Inocencio VI excomulgó al rey Pedro I en la ciudad de Toledo, pronunciando el entredicho de su reino desde la misma catedral primada (Lop Otín, 2019Lop Otín, M. J. (2019): «La sede primada durante el reinado de Pedro I». Memoria y Civilización, 22: 93-116. 10.15581/001.22.026), todo un símbolo de permanencia y legitimidad dinástica que entroncaba nada más y nada menos que con la antigua estirpe de los reyes godos. Las causas que habían llevado a esta situación eran variadas, pero la principal razón esgrimida por el prelado era el repudio y encierro de la reina doña Blanca a los pocos días de la boda con el monarca. Este hecho brindó a los rebeldes y a sus partidarios una causa legítima de gran valor moral que les conectaba con el pueblo ante el drama que sufría la «reina ultrajada».

Al calor de estos sucesos se inició una revuelta por toda la ciudad que acabó con el alcázar ocupado por tropas afines al conde de Trastámara, lo que fue un golpe de mano de gran repercusión. No obstante, con el paso del tiempo, la situación de los sublevados se hizo precaria, sobre todo por los avances que los petristas habían obtenido a lo largo del territorio, recuperando fortalezas y ciudades, y consiguiendo el regreso de parte de la nobleza al bando regio (Díaz Martín, 2007Díaz Martín, L. V. (2007): Pedro I el Cruel (1350-1369). Gijón, Trea.: 180). En este contexto, el siguiente gran objetivo militar para el rey Pedro era recuperar la ciudad de Toledo, estandarte por excelencia de los rebeldes.

Conscientes del panorama que ya se cernía, en la primavera de 1355 se inició una carrera contrarreloj por parte de ambos contendientes, por llegar cuanto antes a la ciudad del Tajo con una mesnada lo suficientemente fuerte como para consolidar la posición, en el caso de los rebeldes, o para recuperar la plaza, caso de los realistas. Enrique, al que esperaba su hermano y maestre de la Orden de Santiago en la ciudad de Talavera, se dirigió rápidamente hacia el sur, para lo que debía atravesar la sierra de Gredos por el puerto del Pico con «hasta cien de a caballo» (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 180). Por su parte, el rey Pedro, en secreto, había movilizado a tropas de la tierra de Segovia y Ávila, dejando a las milicias de Colmenar guardando y protegiendo este punto clave, donde prepararon una emboscada.

«Los de la tierra», como se refieren a ellos las crónicas (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 179), dejaron que las tropas de los sublevados se fueran introduciendo lentamente en el puerto, que era un paso difícil y se encontraba lleno de malezas y piedras, conscientes de que este escenario jugaría en su favor. La elección del lugar para esta acción de subterfugio por parte de los defensores marcó claramente el desenlace del encuentro10El uso de celadas en puntos clave, como no podría ser de otra manera, fue común a lo largo de la guerra medieval. En este mismo conflicto, en la primera fase de la batalla de Montiel, las tropas trastámara emboscaron a la vanguardia petrista en un vado del río Jabalón (Molero García y Gallego Valle, 2020)., a pesar de su inferioridad, no tanto numérica pero sí con respecto a la calidad y destreza de las tropas, integradas posiblemente por algunos peones y ballesteros reforzados por unos pocos hombres de armas llegados en el último momento.

Cuando gran parte de la milicia empezaba a descender y vislumbraba ya las tierras del valle del Tiétar, los colmenareños cayeron sobre ella por varios flancos. Este moviendo sorpresivo permitió no solo cortar el avance sino también la retirada de los sublevados, matando a muchos que se quedaban atrapados en un terreno áspero e intrincado. Entre ellos perdería la vida más de un personaje ilustre, caso de Hernán Sánchez Manuel, llamado «el Mozo», hijo de don Sancho Manuel, señor del Infantado y de Escalona y adelantado mayor del reino de Murcia. Viendo lo complicado de la situación, el conde Enrique realizó una maniobra desesperada, intentado salir del camino y alcanzar un punto alto en que defenderse, tras lo que logró, no sin esfuerzo, salir huyendo a la carrera hacia la villa de Talavera, dejando por el camino gran parte de sus huestes, algo que no olvidaría fácilmente. En efecto, días después, apoyado por las tropas santiaguistas de su hermano Fadrique, maestre de la orden de Santiago, arrasó por completo el lugar de Colmenar de Ávila en venganza por la derrota sufrida (Díaz Martín, 2007Díaz Martín, L. V. (2007): Pedro I el Cruel (1350-1369). Gijón, Trea.: 125).

Por su parte Pedro I, sabedor de que no había podido capturar a su medio hermano, cruzó la sierra por el puerto de Tablada y dispuso en Torrijos su base de operaciones, quedando a la espera de noticias de Toledo. Con la llegada del rey, sus partidarios comenzaron una labor de propaganda por toda la ciudad con el fin de socavar las posiciones trastámaras y conseguir una sublevación interna que les facilitara el acceso por alguna de las puertas. Las fuerzas combinadas de Enrique y Fadrique, que sabían de estos movimientos en la urbe, avanzaron con un gran contingente armado, entre el que se encontraban algunas mesnadas de las órdenes militares (Ayala Martínez, 2002Ayala Martínez, C. de (2002): «Las órdenes militares ante la guerra civil castellana (1366-1371)», C. M.Reglero de la Fuente y L. V.Díaz Martín (coords.), Poder y sociedad en la Baja Edad Media hispánica: estudios en homenaje al profesor Luis Vicente Díaz Martín. Valladolid, Universidad de Valladolid: 37-58. y 2019Ayala Martínez, C. de (2019): «Pedro I y las Órdenes Militares». Memoria y civilización, 22: 63-92). 10.15581/001.22.025), y llegaron al puente de San Martín el día dos de mayo; sin embargo, diversos banderizos petristas que controlaban la torre de acceso les impidieron la entrada.

Ante esta situación, los atacantes dispusieron su campamento en la Huerta del Rey, junto al Tajo, hasta que un día después una operación sorpresiva de sus seguidores en el interior de la ciudad les permitió controlar la puerta que daba al puente de Alcántara y poco después, consiguieron penetrar por ella. Este punto neurálgico, como mencionamos más arriba, era fundamental ya que permitía controlar la vía principal que llevaba al alcázar (Fig. 2), así como a la muralla de los arrabales (Villa González, 2005Villa González, J. R. (2005): «El cierre norte de la muralla medieval de Toledo a la luz de los últimos descubrimientos». Espacios fortificados de la Provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 155-197.). La lucha se extendió, como será común en varios asaltos de este conflicto11Cabe citar, por poner solo algún ejemplo, el asalto que se produjo en Burgos en 1368, donde se fueron despejando los barrios hasta llegar a las proximidades de la judería que daba acceso a la parte baja del castillo, o el de la ciudad de Córdoba, también por esas mismas fechas, ambos con una gran dureza en los combates y gran daño para la población judía., calle por calle y plaza por plaza entre partidarios de ambos bandos, convirtiendo cada casa en un verdadero punto fuerte. El principal reducto de los leales a Pedro I fue el alcázar, donde se encontraba Blanca de Borbón, lo que supuso que centraran los esfuerzos en su toma para asegurar esta posición y, con ella, tener bajo su control a la reina que se había convertido, al fin y al cabo, en el estandarte del bando rebelde.

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Figura 2 Vista general del costado oriental de Toledo con las defensas del puente de Alcántara y los accesos hacia el Alcázar. Fuente: autores.

Durante los siguientes días se produjeron importantes desmanes contra petristas y, especialmente, se puso el punto de mira en la población judía de la ciudad. Así nos lo narra el Canciller Ayala cuando dice que se «enviaron poner recabdo en el castillo de la judería mayor, que era cercada…» (López de Ayala, 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 183). El castillo de los judíos ha desaparecido por completo, pero se puede apreciar parte de su muro de cierre en el plano de la ciudad de Toledo que realizó Arroyo Palomeque a principios del siglo XVIII (Fig. 3).

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Figura 3 Recorte del plano de Arroyo Palomeque (1741) donde se aprecia el puente de San Martín y a su derecha la iglesia homónima rodeada por la cerca de la Judería. Fuente: Ayuntamiento de Toledo.

Por otro lado, en recientes investigaciones arqueológicas en este espacio (Ruiz Sabina et alii, 2014Ruiz Sabina, J. A.; Obregón Penis, T. y Gómez Laguna, J. A. (2014): Informe preliminar arqueológico: estación de bombeo y zanja de la calle Baja. Toledo, Consejería de Cultura, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha.)12Agradecemos a estos autores el acceso a esta documentación y su permiso para incorporarla a este trabajo., se ha documentado una importante estructura defensiva realizada con mampostería de gran tamaño, bien escuadrada y con un llagueado moteado, reforzándose con sillares esquineros, que creemos que puede estar relacionada con la muralla urbana o quizás con la citada fortaleza de la judería (Fig. 4).

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Figura 4 Muro de la Judería localizado en las excavaciones realizadas en 2014 en la calle Baja de Toledo. Fuente: Global Arqueología.

El ensañamiento contra la minoría hebrea no era de extrañar, ya que la propaganda trastámara (Valdaliso Casanova, 2016Valdaliso Casanova, C. (2016): Pedro I de Castilla. Madrid, Sílex.: 131) acusaba al rey Pedro de ser amigo y protector de este colectivo, sin embargo, los motivos posiblemente eran otros y más profundos. La judería de Toledo era una de las más importantes del reino y tenía un gran poder económico, algo de lo que se había estado beneficiando el monarca para financiar gran parte del esfuerzo bélico (Cantera Montenegro, 2019Cantera Montenegro, E. (2019): «Los judíos de Castilla ante el cambio de dinastía». Memoria y Civilización, 22: 143-161. 10.15581/001.22.028). Los ataques contra los muros de la judería, que contaba con una cerca de grandes dimensiones como hemos podido reconstruir virtualmente (Fig. 5) fueron constantes pero infructuosos, bien defendida por sus habitantes, a los que se habían sumado algunas tropas realistas, que sabían del triste destino que les esperaba si los asediantes lograban entrar. Ante esta situación, se comenzaron poco a poco a hacer labores de expugnación. Al cabo de varios días ya se habían abierto pequeñas brechas en la muralla, creándose algunos butrones en los que se luchaba de forma encarnizada por su control, lo que hacía presagiar su caída inminente.

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Figura 5 Reconstrucción virtual de la muralla de la judería de Toledo en torno a 1355 en relación con la muralla urbana y el puente de San Martín. Fuente: Gómez Laguna et alii, 2024.

Pero las tropas reales, cada vez más numerosas gracias a los refuerzos llegados de retaguardia, habían comenzado ya su avance y el día ocho de mayo estaban frente a los muros de Toledo, con un contingente de aproximadamente tres mil hombres de a caballo (López de Ayala, ed., 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 185). El lugar elegido para intentar entrar en la ciudad y donde se concentraría el ataque principal era el puente de San Martín, ya que se trataba del punto más cercano a la judería. El plan de guerra tenía dos vertientes que aprovechaban la superioridad numérica frente a los defensores: el asalto al directo a la entrada al puente y, de una forma encubierta, el paso del río por las azudas próximas a la judería (Fig. 6). En este plan es posible que se tuviera en cuenta el consejo de Juan Fernández de Henestrosa13Este personaje es una de las figuras claves en el reinado de Pedro I, llegando a ser privado del rey entre 1353 y 1359 (Valdaliso Casanova, s.f.). Henestrosa murió en combate en la batalla de Araviana (1359), afectando profundamente a Pedro I y es muy posible que esta pérdida tuviera mucho que ver en la marcha del conflicto a partir de entonces. Sobre la corte y la nobleza en este periodo ver Ruiz Gómez (2019), un genio táctico de la época como se demostró en diversas acciones militares del conflicto en las que participó.

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Figura 6 Vista general del río Tajo y la zona de las azudas junto a la judería. Fuente: autores.

La primera fase de las hostilidades se inició cuando los petristas lanzaron el ataque contra el puente, cuyo objetivo principal era prender fuego a las puertas para atraer el mayor número de tropas trastámara en su socorro. Cuando los rebeldes cayeron en la trampa, comenzó la segunda parte del plan que podríamos considerar un auténtico golpe de mano. Para ello se escogieron trescientos hombres de armas avezados en operaciones especiales que comenzaron a cruzar el río por las azudas del Tajo, prácticamente secas según nos dice la crónica de Ayala (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 185), guiándose por unas cuerdas de cáñamo que habían colocado los hebreos en lo ancho del cauce para evitar que la corriente arrastrase a los soldados con su equipamiento. Una vez que sanos y salvos alcanzaron el pie de la muralla de la judería, pudieron ascender hasta la misma gracias a las sogas que les lanzaron los que allí se encontraban. A partir de aquí, las tropas del rey, aseguraron la posición en la aljama y se unieron a la lucha en el río, con un potente ataque por la retaguardia enriqueña.

Desde este momento, por tanto, se abría un segundo frente en la lucha por romper la resistencia de los defensores del puente, que aguantaban a duras penas ante las continuas descargas de los ballesteros. Las milicias santiaguistas, entre otras, mandadas por Pedro Ruiz de Sandoval, comendador de Montiel14Este personaje meses atrás lo encontrábamos en el bando petrista, negando la entrega de los castillos de la Orden de Santiago al maestre Fadrique, levantisco en esos momentos, produciéndose el primer asedio de Montiel y el posterior cerco de Segura de la Sierra., resistían de forma muy precaria, como nos narra la crónica:

…é fueron todos feridos de saetas, é descendieron de la dicha torre, ca non podieran sofrir la grand ballestería que traía el Rey Don Pedro; demás que en la torre non avia defendimiento de petril nin de almenas

(López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 186).

La situación se tornaba, pues, desesperada, por lo que la caballería pesada enriqueña al mando del propio conde, de su hermano Fadrique y del maestre de la Orden de Calatrava, entre otros, con numerosos efectivos -unos ochocientos de a caballo-, salieron de Toledo por el puente de Alcántara con el fin de atacar a los que seguían cruzando el río y sorprender a los que asaltaban el puente de San Martín por la retaguardia. No obstante, cuando estaban próximos a alcanzar su objetivo, las puertas del puente de San Martín cedieron por el fuego y un fuerte contingente de tropas petristas al mando del propio rey consiguió penetrar en la ciudad.

Los siguientes momentos, como solía suceder en los asedios medievales cuando se abría brecha en un muro, fueron una sangría que acabó con la escasa resistencia trastámara que todavía quedaba en la ciudad15Son constantes las acciones violentas que se realizan contra los partidarios del bando contrario en las tomas de fortalezas y ciudades, no obstante, el uso que se hizo de estas noticias es muy desigual. En efecto, la propaganda trastámara supo transmitir con eficacia la visión de las atrocidades de Pedro I contra sus adversarios, al contrario que ocurriría con la petrista. Sobre este tema hay una profusa bibliografía de entre la que destacamos, por ejemplo, el trabajo de Valdeón Baruque (1992).. Se abrió paso el rey Pedro hasta el alcázar toledano, el que había sido el principal bastión enemigo en la ciudad y donde se encontraba su esposa, la reina doña Blanca, a la que mandó encerrar en el castillo de Sigüenza16El castillo de Sigüenza, así como otras posesiones, pertenecían al privado del rey Juan Fernández de Henestrosa, que fue el encargado de conducir a la reina hasta allí. La donación de la tenencia de fortalezas a los privados por parte de Pedro I fue constante, algo que se continuará con la nueva dinastía. Sobre este tema: Quintanilla Raso y Castrillo Llamas (2001).. Por su parte Enrique, con los restos de su ejército, saqueó las acémilas y demás bagajes de los petristas que habían quedado fuera y se dirigió a Talavera para, posteriormente, volver a la ciudad de Toro que aún tenía en sus manos. No obstante, la revuelta nobiliaria de esta fase duró poco tiempo más, pues la ciudad del Duero caería finalmente tras un intenso cerco en los primeros días de 1356 (Díaz Martín, 2007Díaz Martín, L. V. (2007): Pedro I el Cruel (1350-1369). Gijón, Trea.: 131)

4. EL GRAN ASEDIO DE TOLEDO (1368-1369)

 

El segundo episodio que vamos a tratar se produce en los momentos finales del conflicto, toda vez que Enrique, repuesto de la derrota en Nájera en 1367 a manos de las tropas combinadas anglo-castellanas (Castillo Cáceres, 2007Castillo Cáceres, F. (2007): Estudios sobre cultura, guerra y política en la corona de Castilla (siglos XIV-XVII). Madrid, CSIC, Monografías 27.: 67), volvió de su segundo exilio en tierras francesas. Durante su estancia en el extranjero, a pesar de todos los contratiempos, el conde de Trastámara había sabido jugar muy bien sus cartas, con importantes acuerdos con la monarquía francesa como fue el tratado de Aigues-Mortes (Mitre Fernández, 2005Mitre Fernández, E. (2005): «Castilla ante la Guerra de los Cien Años: actividad militar y diplomática de los orígenes del conflicto al fin de las grandes treguas (c. 1340-c.1415)», Guerra y Diplomacia en la Europa Occidental. 1280-1480. XXXI Semana de Estudios Medievales. Estella 19-23 de julio de 2004. Pamplona, Gobierno de Navarra: 199-236.: 208-212), por el que Castilla, una vez que Enrique obtuviera la corona, se comprometía a ayudar a los galos en su guerra contra Inglaterra, como se evidenciará unos años después en la batalla de La Rochelle. Este tratado será una pieza clave para inclinar el resultado de la Guerra de los Cien Años a favor de las armas francesas, como también lo fue para el caso del conflicto sucesorio.

En el interior del reino, el Trastámara inició una serie de hábiles maniobras políticas y diplomáticas (Valdeón Baruque, 1996Valdeón Baruque, J. (1996): Enrique II. 1369-1379. Palencia, Diputación de Palencia.: 64-66), no exentas de promesas, mercedes y sobornos, por lo que gran parte de la nobleza y de las ciudades castellanas se manifestaron favorables a su causa. A partir de entonces, todo quedaba preparado para una nueva invasión. En este momento, al igual que ocurrió en 1366, el ejército enriqueño penetró en Castilla por el paso de la Calahorra donde, según nos narra el Canciller Ayala (López de Ayala, ed.1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 514) de una forma claramente dramatizada y cargada de simbolismo político, Enrique de Trastámara:

… descavalgo de un caballo en que venía, e finco los finojos en tierra, e fizo una cruz en un arenal que estaba cerca del rio de Ebro, e beso en ella, e dixo así: Yo lo juro a esta significanza de cruz, que nunca en mi vida, por menester que haya, salga del Regno de Castilla; e antes espere y la muerte, o la ventura que me viniere.

Tras reorganizar fuerzas en la villa de Calahorra, que se sumó a su causa, el primer objetivo fue la ciudad de Burgos, donde Enrique se había coronado rey de forma solemne un año antes. Tras entrar sin problemas en la ciudad, las tropas enriqueñas encontraron una gran resistencia en el barrio de la judería y en el castillo, desarrollándose un asedio muy violento. Aunque el análisis de este hecho de armas, por su complejidad y el despliegue de medios que hicieron las huestes trastámaras, daría para un estudio monográfico, no queremos dejar de mencionar, por lo menos, que el desarrollo de la operación tuvo un tinte similar al que se produjo en Toledo en 1355. Los hebreos resistieron de forma encarnizada tras los muros de la judería, que en esta ocasión sí fue rendida, quizás por el concurso de las armas de asedio, algo con que lo que no se contó en la ciudad del Tajo. El episodio terminó, finalmente, con la claudicación de la fortaleza, batida en los momentos finales desde la misma judería. La toma de Burgos, además, tendrá un marcado carácter político, ya que aquí, pocos meses después, se celebrarán cortes actuando en ellas Enrique II ya como un rey de pleno derecho (Valdeón Baruque, 1996Valdeón Baruque, J. (1996): Enrique II. 1369-1379. Palencia, Diputación de Palencia.: 90).

Mientras tanto, el rey Pedro se había hecho fuerte en Andalucía, en concreto en su fortaleza de Carmona, donde había concentrado a su familia y había reunido su tesoro con el fin de preparar el futuro enfrentamiento con su medio hermano. A partir de entonces se comenzaron a poner las bases para lo que debía ser uno de los objetivos principales de la campaña trastámara, la conquista de Toledo, ciudad ahora petrista que era considerada pieza fundamental en la estrategia territorial de ambos contendientes. Para ello, Enrique había enviado a gran parte de sus tropas por delante con su mujer Juana y su primogénito, Juan, que fueron obteniendo victoria tras victoria en su avance hacia el sur. En primer lugar, pusieron cerco al castillo de Dueñas (Palencia), fortaleza clave en el camino hacia Valladolid, donde mostraron su poder desplegando numerosos trabuquetes hasta conseguir rendir el enclave. Cuando llegó a Buitrago, sus fuerzas ya habían conseguido la entrega en la ciudad, caso similar a lo que pasó en Madrid (Valdeón Baruque, 1996Valdeón Baruque, J. (1996): Enrique II. 1369-1379. Palencia, Diputación de Palencia.: 67-69).

Con estas nuevas conquistas, Enrique II tenía bajo su poder, a grandes rasgos, gran parte de La Meseta a la que se sumarían en los meses siguientes ciudades y villas como Talavera, Cuenca y Consuegra, entre otras. Partiendo de esta situación de fuerza del ejército trastámara, comenzó las acciones previas para lo que era el objetivo principal de la contienda, la toma de Toledo. Siguiendo los usos de la guerra medieval (García Fitz, 2019García Fitz, F. (2019): «Usos de la guerra y organización militar en el siglo XIV». Memoria y Civilización, 22: 117-142. 10.15581/001.22.027: 123), se hicieron importantes correrías por la vega del Tajo, eliminando la resistencia de los focos leales al rey y aprovisionando sus tropas. Finalizadas estas acciones punitivas, Enrique reunió su consejo en la villa de Illescas, donde se decidió poner rumbo a Toledo para iniciar el asedio, empresa que se presumía dura y prolongada. De esta forma, el día 30 de abril de 1368, el pabellón del autoproclamado monarca con más de mil hombres de armas se plantaba a las puertas de la ciudad del Tajo, en la zona de la Vega (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 522).

Las primeras acciones del cerco mostraban, claramente, el gran conocimiento que sobre la plaza tenía el ejército trastámara, en especial por la presencia en su bando del propio arzobispo de Toledo, Gómez Manrique (Lop Otín, 2019Lop Otín, M. J. (2019): «La sede primada durante el reinado de Pedro I». Memoria y Civilización, 22: 93-116. 10.15581/001.22.026: 103-104), quien debía contar con información de primera mano del interior de la urbe. La posición elegida para el campamento no era baladí, ya que era un centro neurálgico desde el punto de vista de las comunicaciones, tanto para el abastecimiento como para realizar cabalgadas hacia el sur, con el fin de controlar los posibles avances de tropas petristas. Por otro lado, este sitio, como veremos más adelante, era fundamental para poder lanzar labores de hostigamiento en el flanco septentrional de la muralla de Toledo, el área más accesible al no tener la defensa natural que formaba el río.

Por su parte, la defensa de la ciudad quedó en manos de su alguacil mayor, Ferrand Álvarez de Toledo quien contaba, si seguimos los datos proporcionados por la Crónica (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 522-523), con seiscientos hombres de a caballo, más un número importante de peones a los que habría que sumar la incorporación de una pequeña hueste al mando García Ferrandez de Villodre, en los momentos previos a la llegada de Enrique, con varios cuerpos de ballesteros y de caballería. Bien es verdad que, la propia excepcionalidad de este conflicto, con partidarios de ambos bandos intramuros17Durante las operaciones de asedio de este conflicto son numerosas las referencias a miembros de ambos bandos que realizan acciones de subterfugio, especialmente para la apertura de puertas de ciudades o castillos para la entrada de las tropas de uno u otro bando., hacía que los defensores tuvieran que hacer un sobreesfuerzo por guardarse de los ataques del exterior, pero, también, de las acciones de sabotaje en el interior propias de la guerra urbana (Etxeberria Gallastegi, 2023Etxebarria Gallastegi, E. (2023): Fazer la Guerra. Estrategia y táctica militar en la Castilla del siglo XV. Madrid, CSIC.: 247), como los que se produjeron en el puente de Alcántara en 1355 o el intento de asalto a la torre de los Abades que veremos más adelante.

Una vez que se estableció el campamento, se iniciaron todo un conjunto de acciones propias de la guerra de asedio medieval (García Fitz, 2000García Fitz, F. (2000): «El cerco de Sevilla: reflexiones sobre la guerra de asedio en la Edad Media», M.González Jiménez (coord.), Sevilla 1248. Congreso Internacional Conmemorativo del 750 aniversario de la Conquista de la Ciudad de Sevilla por Fernando III, Rey de Castilla y León. Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla: 115-154.) que tenían como objetivo cerrar a cal y canto el acceso a la plaza, tanto de contingentes armados como de recursos básicos. En primer lugar, se mandaron contingentes para cerrar todos los posibles accesos a la ciudad, en especial a los puentes que habían sido determinantes años atrás y que lo volverían a ser en los meses siguientes. En este sentido, las fuentes no nos hablan de que los atacantes realizaran fortificaciones, en este caso efímeras, para protegerse de posibles salidas de la hueste petrista, aunque no descartamos su existencia ante lo prolongado del asedio. Además, se puso un especial cuidado en cortar los puntos de suministro de agua y comida a la urbe, en especial los accesos de las corachas para la aguada que existían, como vimos anteriormente, en el Alfizén (al este) y en la Cava (al oeste). Por otro lado, los carpinteros comenzaron a construir un puente de madera, que debió ser una obra de cierta envergadura y que, según nos apunta Ayala, estaba cerca del campamento, aunque no se nos dan más detalles:

E el Rey Don Enrique, para apoderarse más para cercar la cibdad de Toledo, fizo luego facer cerca de su Real en el rio de Tajo una puente de madera, e mando a ciertos omes de armas de los suyos pasar allende, e posar allí.

A partir de estos momentos los cuerpos de carpinteros e ingenieros18La importancia de estos cuerpos está claramente atestiguada en las grandes acciones militares del siglo XIV, como se puede ver, por ejemplo, en el gran asedio de Algeciras o, unos años después, en el gran despliegue castellano en Antequera., que se habían integrado en el ejército trastámara desde el inicio de la campaña, comenzaron una importante labor para el montaje de diversos ingenios para batir las defesas y aproximarse a las mismas19La bibliografía sobre las armas de asedio, de diverso tipo, es muy amplia. En este caso, por poner solo dos ejemplos representativos, ver García Fitz (2011), Suñé Arce (2013).. En efecto, como vemos en la Crónica, la artillería había tenido un papel inusitado desde la conquista de Burgos, ya que sembraban el terror de los defensores y se habían mostrado eficaces para batir los puntos débiles de los recintos castrales como se narra, por ejemplo, en la toma de la plaza de Dueñas (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 519). En este sentido se nos describe la construcción de sendas bastidas para hostigar las defensas, en una acción similar a la usada por los castellanos en Calatayud en 1362, una en el puente de San Martín y otra en el del Alcántara, a la vez que se realizaba un fuego constante mediante diversas máquinas para batir las torres de acceso a ambas construcciones hidráulicas.

A lo largo de los meses siguientes se fueron alternando los ataques y contraataques, en general infructuosos, con la destrucción de varias bastidas fabricadas para el asalto de las murallas, así como otra de estas estructuras que había sido realizada por los defensores en el entorno de San Servando20El texto dice que «…avia cobrado una bastida que los de la cibdad avian fecho en una Iglesia sobre la puente de Alcántara, que llaman Sant Servande», por lo que creemos que se refiere al entorno de la fortaleza, de la que desconocemos su estado en el conflicto, y del monasterio que existió en su entorno (López de Ayala, ed. 1779: 529)., extramuros de la ciudad. No obstante, el paso del tiempo hizo mella entre los defensores y, además, propició varios altercados entre las dos facciones, como, por ejemplo, los sucesos que ocurrieron en la torre de los Abades. En este lugar, ubicado en el frente norte, de cara a la Vega, se había preparado una acción secreta para su asalto. A partir de aquí, la torre, debía servir de punto de acceso para un grupo que, posteriormente, tenía la misión de abrir uno de los accesos de la ciudad. Esta estructura defensiva, en la actualidad (Fig. 7), ha llegado hasta nosotros ciertamente desvirtuada por las diversas transformaciones que tuvo, en especial por el soterramiento de gran parte de su primer cuerpo (Villa González, 2005Villa González, J. R. (2005): «El cierre norte de la muralla medieval de Toledo a la luz de los últimos descubrimientos». Espacios fortificados de la Provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 155-197.: 177-182).

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Figura 7 Vista actual de la torre de los Abades. Fuente: autores.

En la época que estamos trabajando, debía de tratarse de un punto de gran envergadura en este flanco de la ciudad, con un sistema defensivo de importancia formado por dos plantas en las que se abrían saeteras en ambos niveles y que debió contar con una puerta hacia el interior de la ciudad, que cita Ayala (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 522), aunque de la misma no se han documentado vestigios arqueológicos en las intervenciones realizadas (Villa González, 2005Villa González, J. R. (2005): «El cierre norte de la muralla medieval de Toledo a la luz de los últimos descubrimientos». Espacios fortificados de la Provincia de Toledo. Toledo, Diputación Provincial de Toledo: 155-197.: 178).

La acción sobre este torreón comenzó cuando un grupo de seguidores de los Trastámara, tras reducir a la guardia, se hicieron fuertes en su interior y lanzaron proclamas, señal pactada para que las tropas enriqueñas, ubicadas en el real cercano, iniciaran el asalto por este lugar. El movimiento fue muy rápido y los atacantes colocaron escalas para ascender hasta el bastión, pero, cuando estaban entrando los primeros soldados, unos cuarenta dicen las crónicas, los defensores habían comenzado la pugna por recuperar este punto fuerte. Al no poder acceder al mismo, iniciaron el acarreo de materiales inflamables, que iban depositando junto a la torre, tras lo que le prendieron fuego y obligaron a los atacantes a salir huyendo, de nuevo, por las escalas.

De forma paralela a estas acciones, el principal punto de ataque, como ya hicieran los petristas en 1355, era la torre que defendía el acceso al puente de San Martín (Fig. 8 y 9). En este sitio, cuerpos de zapadores estaban trabajando en una mina para derribarla, aunque la labor tenía una gran dificultad por las constantes salidas de los defensores, a lo que los atacantes respondían con el disparo de bolaños desde los trabucos instalados en las proximidades. No obstante, viendo el avance de las minas, los toledanos intentaron inutilizar el puente mediante la destrucción de un arco, al tiempo que construían un muro interno de tapias21Este sistema era rápido y, posiblemente, eficaz, ya que la ciudad debía contar con maestros tapiadores. Además, este tipo de muros son más sólidos y absorben mejor los disparos de la artillería de torsión que lo que podría haber sido, por ejemplo, un paño realizado con piedra en estas condiciones de premura., como primera defensa de la ciudad, para cerrar el acceso ante una eventual caída de la torre. Ante esta situación, en el mes de diciembre de 1368 los asaltantes se apremiaron en los trabajos de minado, excavando y entibando sin descanso, hasta que días después parecía todo listo para el golpe de gracia a Toledo, como describe la Crónica (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 1368):

… e un dia, teniendo los maestros que ya la torre estaba puesta en cuentos para le poder dar fuego, e que caeria, dixeron al Rey que mandase venir allí omes de armas, ca facian cuenta, que si aquella torre cayese, que la cibdad era entrada, ca non avia dentro en la cibdad otra torre de donde se pudiese defender la puente.

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Figura 8 Vista aérea del puente de San Martín en la actualidad, con la indicación de los puntos principales del asedio de 1368-9. Fuente: autores.
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Figura 9 Restos de la antigua torre del puente de San Martín integrada en la nueva obra. Fuente: autores.

El ataque se preparó para ejecutarse al alba. Las tropas enriqueñas se congregaron en el entorno del puente mientras que se intensificaba el trabajo de los artilleros que con grandes piedras batían a los defensores, que ya eran conscientes del peligro que se cernía sobre ellos. A partir de aquí los acontecimientos se precipitaron de forma dramática. Todo comenzó con la quema de los puntales de la mina que, finalmente, no fue suficiente para que la torre quebrara. Ante esto y pensando en un asalto a las bravas, los sitiados reaccionaron con gran premura completando sus labores de derribo intencionado del puente, bajo fuertes descargas de piedras del enemigo, hasta que uno de los arcos se quebró y cayó por completo (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 531).

Esta gran acción militar, como hemos podido comprobar mediante el estudio de paramentos, conllevó una serie de huellas materiales que hoy en día parecen visibles. En primer lugar, la torre del puente citada en el texto de Ayala debió quedar muy maltrecha por lo que se procedió a su derribo y la construcción (Fig. 9), ya en tiempos del arzobispo Tenorio, de la estructura actual (Malana Ureña, 1990Malalana Ureña, A. (1990): «Puentes-fortaleza en el Tajo. El tramo Zorita de los Canes (Guadalajara)-Castros (Cáceres)». Boletín de Arqueología Medieval, 4: 195-222.: 213; Carrobles Santos, 2004Carrobles Santos, J. (2004): «Los muros de Toledo». Monumentos Restaurados. La muralla de Toledo. Madrid, Fundación Caja Madrid: 9-46.: 29), que incorpora parte de la sección de la obra anterior. Por otro lado, en el caso del arco que se derribó, la Crónica nos habla de que se retiraron «las llaves» (claves) de un arco, algo que desde el punto de vista arquitectónico no nos parece posible. En este sentido, creemos que el ojo que se consiguió derribar fue el segundo más próximo al interior de la ciudad, donde actualmente se aprecia la interfaz o costura de su rotura y posterior reconstrucción tras el conflicto.

A partir de ese momento el cerco entró en un punto muerto por lo que, Enrique, optó por una táctica mucho más conservadora. La idea era doblegar la voluntad de los defensores mediante el hambre y la sed, como en tantos otros casos en los asedios medievales, mientras que su ejército estaba bien abastecido desde sus bases en la Meseta. En este contexto debió cobrar importancia, en gran medida, la labor propagandística de los partidarios los Trastámara en el interior de la ciudad, intentando sublevar a los habitantes, que se encontraban en una situación muy precaria (Valdaliso Casanova, 2013Valdaliso Casanova, C. (2013): «El escrito autobiográfico de Fernando Álvarez de Albornoz y la guerra civil castellana». Estudios de Historia de España, XV: 75-104.)22En este trabajo, en el Anexo I, se incorpora un breve relato incluido en la obra Decreto de Graciano, donde este personaje da algunas noticias del conflicto y habla sobre la dureza del cerco, que llevo incluso a los habitantes a comer carne humana, hecho que pudiera parecer exagerado., contra las huestes petristas. La tesitura, para fines del año 1368 debía ser ya desesperada para los toledanos, por lo que iban surgiendo disensiones y deserciones, como relata el Canciller de forma muy explícita (López de Ayala, 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 545-546):

… que ya avia diez meses e medio que la tenía cercada, e eran muchos de los que estaban dentro en ella salidos, é venidos a la su merced; otrosí muchos muertos e gastados, e non tenían ya caballos de la grand fambre que en la cibdad avia, ca la fanega de trigo en pan cocido valía mil e docientos maravedís, e así segund esto valían todas las otras viandas muy caras, e aun asi non las avia, e comían los caballos e las mulas: é eran ya menguadas muchas de las gentes de guisa que estaban en la cibdad muy pocas pero la cibdad es tan fuerte, que pocos omes la defenderán.

No obstante, a fines de noviembre se produjo un hecho capital para el desenlace de la contienda civil, como fue la llegada de embajadores del rey francés Carlos V hasta el campamento enriqueño (Valdeón Baruque, 1996Valdeón Baruque, J. (1996): Enrique II. 1369-1379. Palencia, Diputación de Palencia.: 71). Tras una serie de conversaciones se firmó un nuevo pacto el día 20 de noviembre, por el que se ratificaban los tratados del año anterior de ayuda mutua y, además, la monarquía gala se comprometía a enviar inmediatamente refuerzos a territorio castellano (Mitre Fernández, 2005Mitre Fernández, E. (2005): «Castilla ante la Guerra de los Cien Años: actividad militar y diplomática de los orígenes del conflicto al fin de las grandes treguas (c. 1340-c.1415)», Guerra y Diplomacia en la Europa Occidental. 1280-1480. XXXI Semana de Estudios Medievales. Estella 19-23 de julio de 2004. Pamplona, Gobierno de Navarra: 199-236.: 210). Esto supuso que Beltrán du Gesclin entrará de nuevo en la Península, atravesando territorio aragonés con una compañía de mercenarios23Sobre la importancia de la participación de los mercenarios en el conflicto ver Fowler, (2001); González Paz (2008). de quinientas lanzas, tropas de elite que a la postre, como se verá en Montiel, inclinaron la balanza de su lado, toda vez que los ingleses se hallaban ya muy lejos de volver a intervenir en el conflicto.

Por su parte, Pedro I, estaba bien informado de la suerte de los defensores toledanos y de lo pronto que caería la ciudad si no se prestaba a levantar el sitio. Desde sus bases sevillanas había intensificado las acciones para reunir un ejército con el que volver a restituir el statu quo, a la vez que junto a sus aliados nazaríes realizaban ataques a los principales enclaves trastámaras en la zona andaluza, principalmente en Córdoba y Úbeda, golpes de mano que, por los desmanes de las tropas granadinas que le acompañaban, le granjearon nuevos enemigos. En el mes de marzo de 1369, con una mesnada de cierta entidad, los petristas ascendieron hacia tierras de Badajoz y tras pasar por Puebla de Alcocer, atravesaron el Campo de Calatrava con destino a la ciudad de Alcaraz, con el fin último de reunir una hueste lo suficientemente potente como para poder levantar el asedio de Toledo. El día 13 de este mismo mes llegó Pedro a la villa de Montiel y se dispuso a pasar la noche en el castillo de La Estrella, dispersando las tropas por las aldeas de los alrededores para que pudieran avituallarse.

Mientras tanto, los espías del bando trastámara, que eran numerosos en Villa Real (hoy Ciudad Real) y otros lugares del Mediodía, mantenían convenientemente informado a Enrique de los movimientos de su medio hermano (Ladero Quesada, 2010Ladero Quesada, M. A. (2010): «La Baja Edad Media», M. A.Ladero Quesada (Coord.), Historia Militar de España dirigida por Hugo O’Donnell. Vol. 2. Edad Media. Madrid, Ministerio de Defensa, Laberinto: 217-377.: 292-293). En esta coyuntura, en una decisión arriesgada pero que a la postre se tornará decisiva, decidió reunir su consejo y marchar al encuentro del enemigo. Se buscaba el enfrentamiento directo, consciente como era de la debilidad del monarca castellano y del favor del efecto sorpresa. Tras dejar un contingente suficiente en el asedio de Toledo24Se cita la presencia de hasta seiscientos hombres de armas, una pieza de ballesteros y peones. Si a esto se suma el ejército de casi tres mil lanzas y peones, da buena cuenta del gran ejército con que contaba Enrique II en los momentos finales de la contienda (López de Ayala, ed. 1779: 546). al mando del arzobispo de la ciudad, se puso al frente de lo más granado de su ejército, y tras una cabalgada frenética atravesando los campos de La Mancha, llegó a las cercanías de la villa de Montiel en la noche del 13 al 14 de marzo de 1369.

Explicar los sucesos que ocurrieron a partir de este momento excede con mucho el propósito de este texto, por lo que haremos un acercamiento somero a los mismos. En la madrugada del día 14, una avanzadilla de tropas petristas que habían salido del castillo de Montiel a otear el terreno, se replegaron, tras ser emboscadas y diezmadas, hasta Montiel anunciando la llegada del ejército trastámara. A partir de ahí se desarrolló la batalla, en la que salió derrotado Pedro I viéndose obligado a buscar refugio en la fortaleza (Molero García y Gallego Valle, 2021Molero García, J. M. y Gallego Valle, D. (2021): «Reconstrucción de la materialidad de la batalla y asedio de Montiel de 1369», M.Alvira Cabrer (ed.), De fusta e de fierro. Armamento medieval cristiano en la Península Ibérica (siglos XI-XVI). Madrid, La Ergástula, 133-150.). En los días siguientes se llevó a cabo el asedio del castillo, construyéndose un muro a su alrededor para evitar la posible huida del rey. Nos consta que hubo algún intento de asalto o al menos escaramuzas delante de la muralla de la villa, como demuestran los virotes de ballesta hallados en las excavaciones arqueológicas del lugar (Gallego Valle y Molero García, 2017Gallego Valle, D. y Molero García, J. M. (2017): «El proceso constructivo de una fortaleza medieval: el Castillo de la Estrella de Montiel (Ciudad Real)», Actas del Décimo Congreso Nacional y Segundo Congreso Internacional Hispanoamericano de Historia de la Construcción. Madrid, Instituto Juan de Herrera: 657-668.) y las menciones a los ballesteros genoveses que se citan en las fuentes de la época (Díaz de Games, 1997Díaz de Games, G. (1997): El victorial. Gutierre Díaz de Games, Estudio, edición crítica, anotación y glosario de RafaelBeltrán LLavado. Salamanca, Universidad de Salamanca.: 308). El final del cerco, como es bien sabido, supuso la salida de Pedro I del castillo de Montiel, mediante engaños, la noche del 23 de marzo y su posterior asesinato por parte de Enrique II, poniendo fin a la pugna encarnizada que habían mantenido.

Mientras, Toledo, aún seguía cercada y soportando una terrible hambruna. Con las noticias llegadas de Montiel, la moral se vino por los suelos e hizo comprender a los realistas que todo estaba perdido. Por ello y a pesar de que algunos petristas se habían reunido en Carmona para seguir, a la desesperada, la lucha de su bando frente a la casa Trastámara, las puertas de la ciudad se abrieron definitivamente a las tropas enriqueñas en el mes de mayo de 1369. Días después comenzó una gran represión en la que, nuevamente, los judíos se llevaron la peor parte, teniendo que pagar una gran suma de dinero e, incluso, muchos de ellos acabaron siendo vendidos como esclavos (Valdeón Baruque, 1996Valdeón Baruque, J. (1996): Enrique II. 1369-1379. Palencia, Diputación de Palencia.: 90-91).

5. CONCLUSIONES

 

El conflicto sucesorio castellano se desarrolló bajo los paradigmas clásicos que habían marcado los episodios bélicos medievales en la Península. Los encuentros campales, salvo el citado episodio de Montiel, fueron escasas y poco decisivas a largo plazo, como ocurrió con las dos batallas de Nájera (1360 y 1367) y la batalla de Araviana (1359), mientras que la guerra de desgaste y los asedios y conquistas de las plazas fuertes fueron las que marcaron poco a poco el devenir de la contienda. En este sentido, ambos bandos debieron poner en funcionamiento importantes recursos para poder prolongar en el tiempo los cercos y disponer de todo un conjunto de herramientas para doblegar al enemigo, contando incluso con el concurso de tropas extranjeras, lo que supuso un quebranto económico considerable.

Una de las principales novedades bélicas que se dan en esta confrontación fratricida, que ya marca el devenir de los conflictos bajomedievales, será el de la propia guerra urbana, que tuvo una gran virulencia y repercusión como sucedió en los citados lugares de Burgos, Córdoba o Calatayud. Las luchas por calles, barrios o puntos fuertes serán constantes en los cercos y permitirán, en algunos casos, inclinar la balanza entre los bandos enfrentados. En el caso toledano, en los dos asedios que hemos analizado, la pugna dentro de la urbe fue fundamental para que las armas de Pedro I se impusieran en 1355 y para que los leales a Enrique pusieran en serios aprietos a los realistas en el cerco de 1368-1369, como en el episodio de la torre de los Abades.

No obstante, la guerra entonces, como lo será en tiempos venideros, no puede basarse en un único tipo de acción, sino que la hábil conjunción de diplomacia, estrategia, táctica y apoyo logístico se tornará fundamental para decantar la victoria para uno u otro bando. El provecho que supo sacar Enrique de sus victorias, la hábil política diplomática, la labor de propaganda y contrapropaganda contra el rey Pedro, desacreditándole e infundiendo bulos sobre su legitimidad, el espionaje, y como hemos visto en este texto, los asedios y operaciones especiales, fueron sin duda acciones que, en conjunto, tuvieron un resultado positivo para los intereses del aspirante al trono y fueron decisivas en el devenir del conflicto.

Las dos grandes acciones bélicas que se dieron por el control de Toledo supusieron para ambos bandos poner en funcionamiento todos los recursos, militares y logísticos, con los que contaban el fin de poder rendir una de las plazas mejor fortificadas de todo el reino de Castilla y León. Las consecuencias para la ciudad del Tajo fueron, en un primer momento, catastróficas por la pérdida de población, así como de la floreciente comunidad judía que había existió en su interior, a la par que se destruyeron importantes edificios, entre otros, gran parte del puente de San Martín. No obstante, la nueva monarquía trastámara supo de la importancia de la urbe y, muy pronto, premió a la misma e inició importantes obras en su interior, entre ellas, la gran remodelación del alcázar regio.

Declaración de conflicto de intereses

 

Los autores de este artículo declaran no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o personales que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.

Fuentes de financiación

 

Este trabajo se enmarca dentro del proyecto nacional Órdenes militares y fenómenos socio-religiosos en perspectiva comparada (siglos XII-1/2 XVI). Estudio desde la arqueología y la documentación escrita, PID2022-138803NB-I00, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (MICIU), la Agencia Estatal de Investigación (AEI)/ 10.13039/501100011033/ y por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), Unión Europea.

Declaración de contribución de autoría

 

David Gallego Valle y Jesús Manuel Molero García: conceptualización, metodología.

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NOTAS

 
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Hasta la fecha se han llevado a cabo tres campañas arqueológicas amparadas por otros tantos proyectos que llevan por título: Proyecto de Investigación Arqueología de la batalla de Montiel: Excavación, prospección y estudio poliorcético en el castillo de La Estrella y su entorno. Dichas intervenciones, dirigidas por Jesús Molero, David Gallego y Cristina Peña, se han realizado en el marco institucional de la Universidad de Castilla-La Mancha y han sido financiadas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, en colaboración con el Ayuntamiento de Montiel, la Fundación Castillo de La Estrella de Montiel, el Ministerio de Ciencia e Innovación y la Universidad de Castilla-La Mancha

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Muy interesantes son los cercos de Calatayud o Tarazona, pero también aquellos que contaron con apoyo marítimo como el que se dio para la toma de la villa de Guardamar de Segura.

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Aunque conocemos y hemos trabajado con otras versiones de la crónica del canciller, tanto la de Martín (1991) como la de Orduna (1994) hemos preferido utilizar la versión de 1779 ya que contiene ciertos detalles y apéndices que para la materialidad del conflicto son muy interesantes.

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Sobre este tema nuestro equipo realizó un amplio estudio dentro de los trabajos para la restauración de la muralla toledana financiados por el Instituto del Patrimonio Histórico Cultura de España, que se encuentran incluidos en los informes correspondientes depositados en dicha institución.

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Año de 1367, Burgos. Documento publicado en Izquierdo Benito, 1990Izquierdo Benito, R. (1990): Privilegios Reales otorgados a Toledo durante la Edad Media (1101-1494). Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos.: 186-187, doc. 86.

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En este tramo hemos realizado recientemente excavaciones arqueológicas y estudios de paramentos en el contexto de una intervención promovida por el Instituto de Patrimonio Histórico de España para la conservación de la muralla.

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Remitimos al trabajo ya clásico de Julio Porres Martín-Cleto (1983Porres Martín-Cleto, J. (1983): «Algunas precisiones sobre las juderías toledanas». Anales Toledanos, 16: 37-61.). Más recientemente: Passini (2014Passini, J. (2014): «Restitución de la judería de Toledo», R.Izquierdo Benito y J.Passini (eds.), La judería de Toledo: un espacio y un tiempo por rehabilitar. Cuenca, Ediciones Universidad de Castilla-La Mancha: 37-50.) e Izquierdo Benito (2020Izquierdo Benito, R. (2020): «Redescubriendo el Toledo medieval: arqueología de la ciudad», A.Muñoz Fernández y F.Ruiz Gómez (eds.), La ciudad medieval. Nuevas aproximaciones. Cádiz, Editorial UCA: 23-39.).

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Agradecemos la información sobre este hallazgo a Antonio Gómez, Juan Ángel Ruiz y Tania Obregón.

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El uso de celadas en puntos clave, como no podría ser de otra manera, fue común a lo largo de la guerra medieval. En este mismo conflicto, en la primera fase de la batalla de Montiel, las tropas trastámara emboscaron a la vanguardia petrista en un vado del río Jabalón (Molero García y Gallego Valle, 2020Molero García, J. M. y Gallego Valle, D. (2021): «Reconstrucción de la materialidad de la batalla y asedio de Montiel de 1369», M.Alvira Cabrer (ed.), De fusta e de fierro. Armamento medieval cristiano en la Península Ibérica (siglos XI-XVI). Madrid, La Ergástula, 133-150.).

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Cabe citar, por poner solo algún ejemplo, el asalto que se produjo en Burgos en 1368, donde se fueron despejando los barrios hasta llegar a las proximidades de la judería que daba acceso a la parte baja del castillo, o el de la ciudad de Córdoba, también por esas mismas fechas, ambos con una gran dureza en los combates y gran daño para la población judía.

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Agradecemos a estos autores el acceso a esta documentación y su permiso para incorporarla a este trabajo.

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Este personaje es una de las figuras claves en el reinado de Pedro I, llegando a ser privado del rey entre 1353 y 1359 (Valdaliso Casanova, s.f.Valdaliso Casanova, C. (s. f.): «Juan Fernández de Henestrosa (o Hinestrosa)». Diccionario Biográfico Español. Madrid, Real Academia de la Historia. Disponible en: https://dbe.rah.es/biografias/60334/juan-fernandez-de-henestrosa-o-hinestrosa). Henestrosa murió en combate en la batalla de Araviana (1359), afectando profundamente a Pedro I y es muy posible que esta pérdida tuviera mucho que ver en la marcha del conflicto a partir de entonces. Sobre la corte y la nobleza en este periodo ver Ruiz Gómez (2019Ruiz Gómez, F. (2019): «La sociedad política durante el reinado de Pedro I de Castilla (1350-1369): el rey y la Corte». Memoria y Civilización, 22: 39-62. 10.15581/001.22.024)

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Este personaje meses atrás lo encontrábamos en el bando petrista, negando la entrega de los castillos de la Orden de Santiago al maestre Fadrique, levantisco en esos momentos, produciéndose el primer asedio de Montiel y el posterior cerco de Segura de la Sierra.

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Son constantes las acciones violentas que se realizan contra los partidarios del bando contrario en las tomas de fortalezas y ciudades, no obstante, el uso que se hizo de estas noticias es muy desigual. En efecto, la propaganda trastámara supo transmitir con eficacia la visión de las atrocidades de Pedro I contra sus adversarios, al contrario que ocurriría con la petrista. Sobre este tema hay una profusa bibliografía de entre la que destacamos, por ejemplo, el trabajo de Valdeón Baruque (1992Valdeón Baruque, J. (1992): «La propaganda ideológica, arma de combate de Enrique de Trastámara (1366-1369)». Historia Instituciones. Documentos, 19: 459-468. 10.12795/hid.1991.i18.026).

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El castillo de Sigüenza, así como otras posesiones, pertenecían al privado del rey Juan Fernández de Henestrosa, que fue el encargado de conducir a la reina hasta allí. La donación de la tenencia de fortalezas a los privados por parte de Pedro I fue constante, algo que se continuará con la nueva dinastía. Sobre este tema: Quintanilla Raso y Castrillo Llamas (2001Quintanilla Raso, C. y Castrillo Llamas, C. (2001): «Tenencia de fortalezas en la corona de Castilla (siglos XIII-XV): formación institucional, política regia y actitudes nobiliarias en la Castilla bajomedieval». Revista de Historia Militar, Año XLV, Número extraordinario: 223-290.).

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Durante las operaciones de asedio de este conflicto son numerosas las referencias a miembros de ambos bandos que realizan acciones de subterfugio, especialmente para la apertura de puertas de ciudades o castillos para la entrada de las tropas de uno u otro bando.

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La importancia de estos cuerpos está claramente atestiguada en las grandes acciones militares del siglo XIV, como se puede ver, por ejemplo, en el gran asedio de Algeciras o, unos años después, en el gran despliegue castellano en Antequera.

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La bibliografía sobre las armas de asedio, de diverso tipo, es muy amplia. En este caso, por poner solo dos ejemplos representativos, ver García Fitz (2011García Fitz, F. (2011): «Tecnología, literatura técnica y diseño de máquinas de guerra durante la Baja Edad Media occidental: El Thexaurus Regis Franciae Acquisitionibus Terrae Santae de Guido da Vigevano (1335)». Anuario de Estudios Medievales, 41/2: 241-286. 10.3989/aem.2011.v41.i2.373), Suñé Arce (2013Suñe Arce, J. (2013): «Técnicas de ataque y defensa en los asedios del siglo XIII: Ámbito cátalo-aragonés y occitano». Gladius, XXXIII: 113-130. 10.3989/gladius.2013.0005).

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El texto dice que «avia cobrado una bastida que los de la cibdad avian fecho en una Iglesia sobre la puente de Alcántara, que llaman Sant Servande», por lo que creemos que se refiere al entorno de la fortaleza, de la que desconocemos su estado en el conflicto, y del monasterio que existió en su entorno (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 529).

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Este sistema era rápido y, posiblemente, eficaz, ya que la ciudad debía contar con maestros tapiadores. Además, este tipo de muros son más sólidos y absorben mejor los disparos de la artillería de torsión que lo que podría haber sido, por ejemplo, un paño realizado con piedra en estas condiciones de premura.

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En este trabajo, en el Anexo I, se incorpora un breve relato incluido en la obra Decreto de Graciano, donde este personaje da algunas noticias del conflicto y habla sobre la dureza del cerco, que llevo incluso a los habitantes a comer carne humana, hecho que pudiera parecer exagerado.

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Sobre la importancia de la participación de los mercenarios en el conflicto ver Fowler, (2001Fowler, K. (2001): Medieval Mercenaries V.1: The Great Companies. Oxford, Wiley.); González Paz (2008González Paz, C. A. (2008): «The role of mercenary troops in Spain in the fourteenth century: the Civil War», J.France (ed.), Mercenaries and Paid Men. The Mercenary Identity in the Middle Ages. Leiden, Brill: 331-343.).

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Se cita la presencia de hasta seiscientos hombres de armas, una pieza de ballesteros y peones. Si a esto se suma el ejército de casi tres mil lanzas y peones, da buena cuenta del gran ejército con que contaba Enrique II en los momentos finales de la contienda (López de Ayala, ed. 1779López de Ayala, P. (ed.) (1779): Crónicas de los Reyes de Castilla. Tomo I. Crónica del Rey Don Pedro. Editado y anotado por Eugenio deLlaguno Amirola. Madrid, Imprenta de Don Antonio Sancha.: 546).